Biutiful, o las imágenes de la sordidez


La noción del cine, para muchos de los estudiosos y críticos del arte cinematográfico es reflejar, tanto en forma y fondo las circunstancias y vivencias de la sociedad. Bajo este objetivo, la recién estrenada nueva película de Alejandro González Iñárritu “Biutiful” es un relato vivo, desgarrador y pleno de hechos interligados, que entretejen una de las tantas historias en la ciudad catalana de Barcelona.

Su audio es impecable –sin ninguna distorsión-, su diálogos son los necesarios y retacan en el espectador el estado sórdido de toda la cinta en lo general, con sus desplantes fotográficos que retratan las esquinas de los barrios marginados de la ciudad que mira al mar Mediterráneo y que el turista promedio, deja de ver o pensar que existen estos sitios, a punto de ser tomados por alguno de los jinetes del Apocalipsis.

Sin caer en lo visto, se demuestra que la capacidad de convertirse en el trágico personaje de Uxbal, Javier Bardem, a quien recuerdo perfectamente en la película de Bigas Luna “El huevos de oro” de 1993, se empata en carne, sangre y lágrimas -que nunca caen- con el del hombre desilusionado, abandonado y desconsolado con un futuro que los desplaza y lo mantiene a lo largo de la película en el extremo de la tabla, sin poder brincar al otro lado, sin poder superar una enfermedad que avanza y lo devora todo, sin poder reconciliarse con una mujer que transita de la bipolaridad al chantaje y a la departición con el cuñado, que entre tugurios, alcohol y drogas saborea lo que un padre, muerto muchos años antes, les hereda a sus dos hijos.

La historia transcurre en un ir o venir –o estancarse del todo- en hechos que no van a ningún lado, que no señalan ni la más mínima consecuencia feliz. La escena de los trabajadores chinos que yacen muertos en una bodega por una fuga de gas que proviene del calentador que Uxbal, había adquirido para hacerles un bien, a estos migrantes sin fronteras, cae en la cualidad desvocada de una intensa tragedia, de que lo que se hace bien desafortunadamente no finaliza bien. A la vez, el poder de ser una especie de “médium” con las personas ya fallecidas, da al personaje su poder de transformación y de evolución. La grandes escenas de ver a los muertos montados al techo, son de las mejores logradas en la cinta: cuentan con ese estado que impresiona, que entristece, que fija una proyección del cómo se percibe a la muerte.

Biutiful transcurre en un mundo auténtico, en un mundo hecho por el mismo hombre, en un mundo que se ve como el de todos los días, lleno de complejos, de acciones con consecuencias, de acciones y vicisitudes que permean todo a su paso. Tal vez, y en mi humilde opinión, me parece que el guión retoma en mucho, las tragedias pasadas –con todo y personajes- de las cintas que Iñárritu logró realizar junto con Guillermo Arriaga, sobre todo la de “21 gramos” de 2003; sin embargo, Biutiful le hace falta una mayor solidez en la narración, en los personajes, en la melanocolía por afición y no ficción…

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