Antes y después de…


La belleza es íntima, auténtica y una gran cualidad personal. Hay que pensarlo bien antes de llamar por teléfono al Cirujano Plástico.

Diversos estudios alrededor del mundo dan como resultado que los individuos disfrutan más la vida, tienen una mejor autoestima y satisfacción después de someterse a una cirugía estética.  Tal vez el problema radique en que éstas mismas personas crean que todos sus problemas desaparecerán o bien, que abrirán los ojos siendo una persona completamente nueva después de modificarse en menor o mayor grado su aspecto físico, en alguna zona de su cuerpo. Pero bueno, al fin y al cabo no estoy aquí para dar por hecho que esto sea completamente cierto; por el momento, no me veo a mí solicitando una cita para que me valoren y me den “una manita de gato”. Tal vez esa decisión sea algo que se le debe de consultar antes al tan venerado Adonis.

Por lo general y lo que yo he leído, es que los efectos adversos son mínimos, claro, siempre y cuando no transformes tu cuerpo para convertirte en un súper héroe ficticio (con o sin capa) o una mega top plus-ultra-model o ya con filosofía sexy, quieras tener los atributos tan vistos ya de Kim Kardashian. Exponerse –por que no encuentro otro verbo- a tan dramática situación en el quirófano de la vanidad, es algo que debe de tomarse seriamente en consideración. El principal objetivo de estos tratamientos es obtener una mayor belleza física, y bien, seamos sinceros: ¿A quién no le gustaría ser más guapa? Y claro, tener una mayor autoaceptación o en ciertos casos, solucionar algún defecto físico congénito o por causa de un accidente.

Para no entrar en detalles que pudieran ser peligrosos, si mi estimada amiga E los leyera en este espacio, les voy a contar lo que yo “padecí” cuando de repente, en una plática de café E, me confesó que tenía una jugosa cuenta de banco, que su marido por supuesto, no estaba enterado de esto y que estaba 100 por ciento decidida a modificar su nariz, pómulos, mejillas, cuello y lo que se acumulara en la visita con el cirujano plástico. Al final de esa conversación que fue bastante fructífera en términos de conocer más sobre el ancho mundo de las rinoplastias, bichectomías y las cervicoplastías, entre otras variadas cirugías, comprendí que el ser humano tiene la tenebrosa capacidad de no estar satisfecho con lo que ve al espejo cada mañana o en el peor de los casos, en las noches; siempre quiere ser como es la vecina, el cantante, la actriz, bueno, hasta en posibilidades muy exigentes, lucir cómo se ve su suegra a la edad de 65 años.

Y mencioné la palabra “peligrosos” por los detalles que me fue poco a poco poniendo sobre la mesa del café esa tarde mi muy aspiracional amiga E. De hecho, tomó a esa mesa de madera y metal del sitio donde acordamos la cita, como ejemplo de lo que ella deseaba al salir del quirófano de la belleza. “Yo solo busco lucir más joven, más bella, más atractiva y que todo esto redunde en ser una mejor persona, en lo interior, así como en lo exterior… por ejemplo, esta mesa fuerte y vigorosa, hecha con materiales durables y fuertes, pero que luce bonita al colocarle un mantel blanco y vajilla fina…” decía E; sin ser grosero, me parece que con ésta oración se pueden escribir infinidad de tesis de maestría o manuales que enseñen de forma práctica y casual como ser un ser humano más feliz, con mesas y manteles incluidos.

cirugía-estética-vidaes-saludNo busco ser otra, sino ser la misma pero mejor y agradarle mucho más a Antonio (su marido). No es cuestión de vanidad, sino de salud corporal y beneficios clínicos que me ayuden a ser más segura de lo que soy…” continuaba E, mientras yo en mi teléfono celular, buscaba fotografías de mujeres que se sometían a operaciones de ese tipo y que sufrían de algún accidente o consecuencia grave e irreparable. Como aquel caso reciente de la reina de belleza de Ecuador, que falleció mientras le realizaban una lipoescultura. En fin, tan sólo le quería demostrar a mi amiga, que sin caer en el alarmismo, se corrían riesgos en estos casos, y que sin el afán de asustarla, yo era de la idea de que lo pensara mejor y que mantuviera en secreto sí, esa cuenta bancaria para ser usada para otros fines.

Después de unos meses, vi el álbum de fotos de E con su esposo en unas vacaciones por un crucero en el Caribe. Con la leyenda: “Algo de lo mejor que con el dinero se puede disfrutar….” Entendí perfectamente cuál había sido su decisión final.

Texto enviado a la Revista GLAMOUR, para la sección “Mateo dice…” no publicado. Enero|2015

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